¿Por qué nos gustan tanto los libros álbum? Parte I (Fuente "Ver para leer" Acercándonos al Libro Álbum)


Muchos deben preguntarse: ¿qué es un libro álbum? A diferencia de los libros tradicionales,
en los que predomina el texto, en el libro álbum confluyen dos lenguajes: el del texto y el de la imagen. Esta es, probablemente, su característica principal, el que ambos lenguajes sean complementarios. Esto significa que tanto el texto como la imagen participan en la generación del sentido de la obra.

En esto, el libro álbum se diferencia de otro tipo de obras que utilizan imágenes, como, por ejemplo, el libro ilustrado, que utiliza la imagen sólo para “reflejar” lo que el texto dice. En otras palabras, en el libro álbum la imagen no está supeditada al texto ni el texto lo está a la imagen. Así como se lee el texto, también debemos leer las imágenes, y para aprehender la particularidad del libro álbum, es necesario leer el texto y la imagen como un conjunto.

El libro álbum es un género único, cuyas características propias lo distinguen de otros libros. En la medida en que cada género posee criterios de lectura propios, basados en los procedimientos utilizados para generar sentido, resulta necesario comprender de mejor manera la naturaleza del libro álbum y sus potencialidades. Sólo así podremos transformar al libro álbum en la gran herramienta para motivar la lectura en la sala de clases.

A pesar de que el libro álbum es un fenómeno editorial relativamente reciente, sus orígenes se remontan, según diversos expertos, a mediados del siglo XVII. Alrededor del año 1650, el pedagogo Comenius publicó un libro llamado Orbis sensualium pictus, que utilizaba la imagen como un medio para atraer a los niños hacia el mundo del aprendizaje. A partir de este momento, y en función de las posiblidades que lastécnicas de impresión de cada época permitían, se fueron explorando las distintas maneras de conjugar el texto con la imagen. Mientras más se desarrollaba la técnica de impresión, más se incorporaba la imagen a los textos.

Ya en la primera mitad del siglo XIX, en los libros dedicados a los jóvenes predominaba el libro
ilustrado, en el que la imagen se elaboraba en función del texto, y era, por así decirlo, su eco. Tras la
Primera Guerra Mundial, el advenimiento del arte de vanguardia y las nuevas técnicas de impresión,
nace lo que conocemos como el álbum moderno: un libro en que la imagen se libera del texto y se
transforma poco a poco en un actor principal de la narración.
A partir de los años 60, el libro álbum se desarrolló explosivamente, especialmente en Europa. Eso
ha permitido que el género se mantenga, hasta hoy en día, en un estado de permanente innovación,
donde las experimentaciones son estimuladas por editoriales que han descubierto sorprendidas que
el libro álbum no sólo atrae a los más jóvenes, sino que también a un público adulto.
Si bien en Latinoamérica el libro álbum no ha tenido el mismo grado de desarrollo, hay países, como
Brasil, México y Venezuela, en que el libro álbum sí ha encontrado un espacio y ha logrado instalarse
como un género independiente. En nuestro país, el libro álbum aún constituye una novedad, pero ha
comenzado a abrirse paso lentamente, y desde los años noventa han surgido proyectos que tienden
a buscar lo que deseamos también mediante este libro: generar un espacio para el desarrollo del
libro álbum en Chile y permitir su uso como una herramienta que permita el aprendizaje y motive
la lectura.

Siempre ha existido una preocupación sobre cómo leer un texto escrito. Al leer una novela, por ejemplo, sabemos que hay varios elementos que debemos considerar para hacer una buena lectura: el tipo de narrador, el tiempo del relato, personaje principal, personajes secundarios, la trama, etc. Se trata de elementos continuos que forman, por así decirlo, la estructura de la novela. Por otra parte, nuestros ojos han “aprendido” que deben leer línea tras línea, de arriba hacia abajo y de izquierda a derecha, y que sólo de esa manera lograrán rearticular el mensaje contenido en una página escrita.


Sin embargo, durante mucho tiempo, la lectura de la imagen ha sido relegada a un segundo plano,
y no contamos con un vocabulario ni con una conciencia tan desarrollada para comprender las
imágenes. Hoy en día, la tecnología y los medios de comunicación han hecho sentir la presencia de
la imagen en nuestra sociedad hasta el punto en que ellas nos parecen un hecho natural. Estamos
tan inmersos en un mundo visual, y el acto de ver nos parece tan cotidiano y evidente, que pocas
veces nos detenemos a analizar “cómo vemos lo que vemos”. Tampoco solemos preguntarnos de
qué manera está estructurado lo que vemos y cómo ese orden nos permite comprender lo que está
ante nuestros ojos.
La verdad es que una imagen es como un mapa. Presupone un territorio, pero no es el territorio. Es
una posibilidad de la realidad, pero no la realidad misma. La realidad, podríamos decir, es una suma
inimaginable de imágenes que no forman nunca una imagen completa, ya que la imagen no es
aquello que supuestamente muestra, sino que transmite un mensaje que debemos saber interpretar
para comprender a cabalidad el uso y función que la imagen cumple en un determinado contexto. La
necesidad de una “alfabetización visual” se vuelve más imperiosa aún al considerar la importancia
que tiene este código en nuestra cultura.
En el fondo, la imagen debe ser considerada como un texto. En tanto que texto, la imagen debe
entenderse como un conjunto de signos que interactúan entre sí. ¿Cómo produce significado una
imagen? ¿Cómo llegamos a comprender una imagen?
Cuando vemos una imagen, sucede algo similar a lo que sucede cuando nos enfrentamos a una
palabra. Si leemos la palabra “árbol”, y alguien nos pregunta: ¿qué es eso?, nadie dirá que “eso”
es un árbol, sino que dirá que es una palabra escrita. Sin embargo, el poder de la imagen puede
llegar a hacer que alguien olvide que se encuentra frente a una “imagen de un árbol” y no ante un
árbol real.
Algunos autores distinguen en la imagen dos tipos de signos: los icónicos y los plásticos. Los signos
icónicos son aquellos que remiten a un referente reconocible. Los signos plásticos, en tanto, apuntan
a aquellos elementos que conforman la imagen sin que remitan a un referente relacionado con el
conjunto de la imagen. Entre estos últimos, encontramos elementos tan diversos como el color, la
figura, la luz, la perspectiva, la iluminación, el marco, etc1.
Si consideramos a la imagen como un texto que puede ser leído, debemos asumir que es una
composición intencional. En este sentido, al interrogarnos sobre el por qué de la utilización de distintos recursos o signos, llegaremos a tener una comprensión crítica de la imagen. ¿Por qué una imagen
tiene mayor cantidad de colores fríos que de colores cálidos? ¿Por qué la imagen está tan iluminada?
¿Por qué se utiliza un trazo grueso y no delgado? ¿Por qué está configurada como si estuviéramos
mirando desde lejos una escena y no desde cerca?
La imagen es el resultado de una serie de decisiones efectuadas por su creador, que al seleccionar
algunos signos por sobre otros configura un mensaje determinado. Como lectores, nuestra tarea es
comprender el porqué de la elección de un signo u otro y entender el fin que se busca mediante
su utilización.
Para leer la imagen, podemos recurrir a nuestros conocimientos sobre la lectura de textos. Hay
investigadores que proponen acercarse a la lectura de imágenes estableciendo símiles con la sintaxis
lingüística. Así como en la frase puede haber un sujeto o un verbo, también en la imagen podemos
buscarlo, reconociendo la acción que está siendo presentada y los actores implicados. Si en el lenguaje
especificamos información sobre el contexto de una situación determinada mediante adverbios, en
la imagen podemos buscar los elementos que cumplan una función análoga.
Un factor interesante de tener en cuenta a la hora de leer la imagen es la utilización del color. Se
suele decir que los colores tienen cierto efecto emocional sobre quienes los observan. Es común, por
ejemplo, escuchar quejas sobre “los días grises”, mientras el verde de la primavera parece alegrar
a la mayoría. Por otro lado, el rojo nos parece estar asociado a asuntos pasionales y el negro a la
noche y al misterio. El blanco está asociado a la pureza, el amarillo a la energía, y el verde a la
fertilidad. Si bien este tipo de asociaciones son frecuentes, se basan en paradigmas que varían de
una cultura a otra. Por ejemplo, hay países en los cuales el luto no se expresa a través del negro, sino
que con el blanco. En otros, el blanco es el color con el cual se festeja la llegada de un nuevo año.
Es importante, pues, considerar que el significado de los colores depende de varios factores. Por
una parte, está el gusto subjetivo por tal o cual color. Luego, está el significado cultural que un color
recibe. Sin embargo, no podemos contentarnos con una significación fija del color, ya que éste,
cuando se trata de una imagen, está inserto en un conjunto de signos que hay que tomar en cuenta
para comprender el verdadero sentido de la utilización de ese color y no de otro.
El color no podría ser visto si no hay luz para verlo, por este motivo, también es importante tener
en cuenta la utilización de la luz en la imagen. Una imagen que utiliza mucha luz para resaltar a un
personaje y poca luz para resaltar a otro está jerarquizando la información de la imagen.
Todos los procedimientos utilizados en la composición de la imagen jerarquizan algunos elementos
por sobre otros. El trabajo de lectura de la imagen busca justamente restablecer este orden y
comprender cómo y para qué fue establecido en el marco de la imagen analizada.
Podemos imaginar que toda imagen ha sido vista por un “ojo hipotético”. Quien crea un imagen –y
en el caso del libro álbum sería el ilustrador– “inventa” un ojo a través del cual produce un estilo
visual. Cuando leemos una imagen, es importante entender la especificidad de la mirada que se le
presenta al lector.

En este sentido, hay varios elementos que puede ser útil tener en mente al momento de enfrentarse a una imagen. ¿Cuál es el punto de vista adoptado en ella? ¿De qué manera lo que se ve está siendo visto? No es lo mismo una imagen panorámica que una imagen en primer plano. También el ángulo desde el cual la imagen fue generada produce cambios importantes en su significado. ¿Acaso la imagen muestra un primer plano? ¿Un detalle tan pequeño que no reconocemos el referente? La imagen puede estar representada como si el observador se situara desde arriba de lo representado, en
“contrapicada”, o bien desde abajo, en una toma “magnificante”. En cualquiera de los dos casos, la elección denota una intención cuyo efecto debe ser reconocido y comprendido en función del contexto de la imagen. Se suele distinguir entre los signos plásticos específicos y los no específicos. Los primeros reúnen el color, la iluminación, la textura, la forma y los espacios. Los no específicos, en tanto, se refieren al marco de la imagen, su encuadre y la perspectiva.
Quisiéramos recordar que las imágenes, al igual que las palabras, dicen más de lo que aparentan decir. Toda imagen es polisémica, y sus distintos sentidos se encuentran de manera subyacente entre sus significantes, en calidad de una “cadena flotante” de significados, según la expresión de Roland Barthes. Esta “cadena flotante” de significados, en la cual surgen las asociaciones subjetivas, sociales y culturales que podamos hacer de acuerdo al contexto en el que nos encontramos, da lugar a un plano más profundo de significación. La imagen, a este nivel, alcanza el rango de metáfora, articula
mensajes implícitos, y ya no sólo denota, sino que también connota. La imagen de un cuerpo desnudo, por ejemplo, puede, según la composición de la imagen, alcanzar distintos significados. En un primer nivel, el explícito o de la denotación, simplemente nos
remitimos al referente directo de la imagen, reconocemos un cuerpo desnudo. Ahora bien, la imagen
de ese cuerpo desnudo, dependiendo de la composición del conjunto, puede llegar a tener distintos
significados, y a vehicular distintos mensajes. Podemos imaginar que, en cierto sentido metafórico,
la imagen de un cuerpo desnudo implica la simplicidad del ser humano, siempre y cuando en la
imagen existieran los elementos que apuntaran hacia esa interpretación. En el cuento El traje nuevo
del emperador, de Andersen, la imagen del cuerpo desnudo es “el cuerpo desnudo del rey”, y no
significa “naturalidad”, sino que, en contraste con el resto del pueblo, que se caracteriza por estar
“vestido”, simboliza la ridícula arrogancia del poder.
La imagen de un cuerpo desnudo remite a un cuerpo desnudo real. Pero puede connotar la desnudez
de distintas maneras. En el caso de un libro de anatomía humana, la desnudez no tiene, por ejemplo,
ninguna connotación sexual, lo que no es el caso del cuerpo desnudo representado en el cuadro
Olympia de Manet.
La denotación, en una imagen, se refiere a la relación que une al signo icónico con un referente. La
connotación sobrepasa el marco estricto de la imagen para atribuirle un significado en el plano de los
códigos culturales. Es muy importante tener presente el plano de la connotación para comprender la
intención que persigue la composición de una imagen.
Esta presencia de los códigos culturales en la lectura de la imagen debe recordarnos que rara vez
una imagen es completamente nueva. Por lo general, detrás de ella hay imágenes que han servido
de referencia. Así como en literatura se habla de la intertextualidad cuando el texto se relaciona con
textos anteriores, en el mundo de la imagen podemos hablar de intertextualidad visual: detrás de
una imagen, podemos encontrar muchas otras con las cuales el ilustrador dialoga, cuestiona, imita,
ridiculiza, etc. Una importante herramienta de lectura de la imagen tiene que ver con reconocer el
universo iconográfico con el cual la imagen leída se relaciona o se opone, y de qué manera responde
o reacciona a patrones visuales anteriores.
Esperamos que este breve recorrido por el mundo de la lectura de la imagen pueda ser de utilidad
para aquellos que se acercan a él por primera vez.

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