La literatura como discurso artístico (por Liliana Bodoc)





La literatura como discurso artístico
Liliana Bodoc (leído en el congreso CIELIJ, en 2010)


Es extraño que podamos hablar de LIJ, que podamos pensarla, amarla y defenderla sin que podamos, en cambio, definirla categóricamente. Y, menos aún, separarla con claridad de “la otra literatura”.

No sé por dónde pasa esa definición o esa línea demarcatoria. Lo que sí creo es que la singularidad de la LIJ con relación a la literatura para adultos es como la trágica singularidad de los siameses: son dos porque son uno. Un torso con dos cabezas que, a veces, se ladran. Pero que, sin embargo, comparten la misma materia y la misma energía. Y que ni siquiera pueden andar sin arrastrar a la otra tras de sí. Fenómeno que ocurre en ambas direcciones.

Quiero separarme de cualquier dogma y de casi todos los axiomas excluyentes, porque no puedo sostenerlos ni en el discurso ni en la práctica; excepto que realizara un fuerte trabajo de deshonestidad intelectual. Si defiendo la diversidad en la calle, también debo defenderla en la literatura.

“Hay que dejar que baile la belleza con los galanes más inaceptables”
“No la obliguemos a tomar la píldora de la verdad como una medicina”
“No soy rector de nada, no dirijo, y por eso atesoro las equivocaciones de mi canto”
Pablo Neruda


Me gusta recordar que la literatura es un arte. Me gusta recordar que la literatura infantil y juvenil también lo es.
Ahora, su condición de disciplina artística la exime de ciertas modalidades y propósitos: por ejemplo, la admonición, la información, la autoayuda, la terapia…
Y, en cambio, compromete a nuestra literatura con la poesía.
No hablo específicamente del género lírico: estrofas, rimas, verso pautado o libre. Hablo, sí, del lenguaje poético, del que deviene de una poética y puede aceptar distintas voces y distintos estilos: la sobriedad, el minimalismo, la parquedad, la abundancia, la brutalidad, la dulzura.
Lo que no puede suceder es que tal propuesta, sencillamente, no exista. Es decir, que el entramado que es un texto no esté sustentado, de principio a fin , según unas correspondencias entre la forma y el contenido, entre lo dicho y lo callado, entre lo manifi esto y lo latente. Decisión ética y estética del autor. O, en otras palabras: su poética.

Todas las formas del arte problematizan su materia prima. La música problematiza los
sonidos y los silencios; la pintura el color, la forma, la perspectiva… La literatura debe problematizar su materia prima, el lenguaje. De lo contrario corremos el riesgo de centrarnos en el “qué” se cuenta y olvidar el “cómo” se cuenta. La literatura es un discurso artístico, por lo tanto no puede haber primacía del contenido sobre la forma. Debe haber, más bien, una adecuación, una alianza plena sin la cual el hecho literario desaparece.
Ahora, para que haya un lenguaje poético debe haber antes un pensamiento poético. Y es con este concepto que yo deseo argumentar que niños y jóvenes deben leer literatura.

¿Por qué?

Porque el pensamiento poético es un modo de conocimiento tan serio y trascendente como el pensamiento racional. El arte en general y la literatura en particular “conoce” y explica
la realidad de un modo particular y, como tal, insustituible. Un conocimiento que de ningún otro modo podríamos adquirir. Y sin el cual crecemos con desventajas emocionales, con limitaciones sensitivas. El arte ejercita, como ninguna cosa, la emoción, la imaginación, la intuición, la capacidad de perdonar y de soñar.

Pablo Neruda dice, en El libro de las preguntas:

“¿De qué se ríe la sandía cuando la están asesinando?”

Y esto no es puro embeleso. Es un modo de conocer la sandía que nadie más que un artista podría proponer. Con diez palabras y dos signos de interrogación, el poeta propone una cantidad de asociaciones que nos “descolocan”, nos ponen en el lugar de lo extracotidiano. Y por lo tanto nos obligan a movilizar los sentimientos y las capacidades adormecidas de nuestra psiquis y de nuestra inteligencia.

Ese es, creo yo, el cometido del arte. La literatura no puede sumarse, sin más, a las propuestas del mercado: rapidez, facilidad, se usa y se tira, no duele, no salpica, no pesa. Entonces la literatura perdería su finalidad.

Leer un texto literario no es leer cualquier otra cosa. Porque el arte no tiene ningún parentesco con la utilidad tal como en general la concebimos: un intercambio, una transacción, unos resultados mensurables. Porque el tiempo de la literatura no es el tiempo que, a diario, ganamos, perdemos, ahorramos, invertimos… El tiempo que, al fin, en justa venganza, nos pasa por encima.
Es en el arte y en el amor donde podemos percibir el tiempo como algo distinto del dinero.
Si leer dos páginas literarias lleva el mismo tiempo que leer dos libros sin valor estético
alguno, me quedo con las dos páginas arduas pero decisivas de la literatura.

No hay en esta afirmación una descalificación de otras lecturas, que bien pueden servir como acceso; pero que jamás pueden sustituir la experiencia que genera el arte literario.

Termino pensando en el destinatario de este congreso. El niño, el joven…

Si estuviese aquí y pudiera pasar adelante el que baila sobre las teclas como un demonio.
La que se pinta los labios usando la pantalla como espejo.
El que acepta la vida y la muerte con la lógica de los efectos especiales.
La que se asusta por la promesa de su pubis.
El que se muerde la punta de la lengua para escribir.
El que escarba hasta el fondo de los bolsillos para ver si su moneda tuvo cría.
El del jeans desvalido.
La que sueña a la intemperie.
La del hambre.
El que se dibuja por el lado de afuera porque quiere dibujarse por el lado de adentro…

Si ellos estuvieran aquí, tal vez nos pedirían más coraje. Posiblemente nos dirían que necesitan y agradecen que escribamos cada línea como si quisiésemos, aunque no sea cierto, cambiar el mundo. Y dárselos como nuevo para que puedan crecer.

Comentarios