¿Qué hacemos con el miedo?
Los seres humanos sentimos miedo ante un montón de situaciones, algunas
reales y otras imaginarias. Ante el miedo, a cada uno nos pasan cosas distintas:
sentimos la necesidad de huir, de enfrentarlo, de taparnos los ojos y los oídos, de
meternos debajo de las frazadas o de buscar a alguien que nos proteja. Otra forma de enfrentar nuestros miedos es expresarlos con palabras e imágenes. Y tal vez por eso, hombres y mujeres cuentan leyendas, escriben cuentos y novelas, filman películas y pintan cuadros en los que el miedo tiene su lugar.
Las leyendas se inician en la palabra, pasan de generación en generación a través del registro oral que practican los hombres. Los autores son anónimos, por eso es común encontrar varias versiones de una misma leyenda, puesto que quien la escucha la transmite agregando o restando partes, elementos o detalles. Comprender la naturaleza de las leyendas es acceder a un saber colectivo; no hay dueñosdel saber, ya que todos pueden poseerlo de igual manera. Los recopiladores se han tomado el trabajo de convertir aquella historia oral en documento escrito, sin que por eso pierda las características propias de la oralidad: reiteraciones, epítetos a los personajes, lugares destacados de la cultura y la
sociedad que el lector de la época reconoce con facilidad. Más allá de las distintas versiones que puede tener un recopilador, la esencia original de las leyendas se mantiene, y esto hace que sean consideradas verdaderas tanto para el narrador como para el lector, o en el caso de la transmisión oral, el orador y el auditorio.
La leyenda explica un suceso extraño o alguna particularidad del mundo que nos rodea. La explicación, muchas veces, es de carácter sobrenatural y esto posibilita la aparición de seres o acontecimientos extraordinarios que desafían a la razón cotidiana. A su vez, las leyendas señalan una eventualidad, un suceso único que da origen al relato. También, pueden contar el origen de la naturaleza vegetal, animal e incluso humana; pueden abordar el origen de lugares específicos (un río,
una montaña) o explicar las causas de sucesos extraños que suceden en espacios tan disímiles como una casa, una escuela o una fábrica.
El espacio sobre el que funciona una leyenda no se reduce a un lugar lejano o de ensueño, como podrían ser los campos, bosques o mares; las ciudades también son motores donde se generan y transmiten leyendas. Las leyendas urbanas cuentan los riesgos de vivir en la ciudad, espacio donde lo real da paso a lo extraño, lo conocido a lo desconocido. Los escenarios reconocidos por cualquier habitante —subtes, escuelas, teatros, cementerios, por dar algunos ejemplos— inundan estas leyendas y crean un ambiente especial, ya que la aparición de fenómenos increíbles sucede en el mundo en el que nos movemos día a día, favoreciendo así la verosimilitud de los hechos narrados.
Silba la siesta
¡Qué calor insoportable! Me hace acordar a la tarde en que se lo llevaron a Bruno. Estuvo un día entero sin aparecer, la tía estaba como loca. Yo sabía qué le había pasado, y los demás también, pero nadie se animaba a decirlo. Esto fue hace como treinta años, cuando vivíamos en Misiones, al lado del río Iguazú.A Bruno le faltaban veinte días para cumplir cinco años y siempre quería frascos para guardar bichos. Tenía una colección de insectos del monte, que atrapaba a la hora de la siesta. Todas las tardes, la tía le decía que estaba podrida de tanto bicherío, y que se metiera en la cama, porque si no, lo iba a
agarrar el Jasy-Jateré. Y así fue. Una tarde salió a cazar avispas Camoatí, a pesar de que el típico silbido sonaba más fuerte que de costumbre. Esperó a que todos se durmieran y se escapó para el monte. Pienso ahora que el Jasí lo llamaba con su silbido. Llegó la noche y Bruno no volvió.
Recorrimos la zona con linternas y desesperación. Cada vez que podía, yo dejaba un montoncito de tabaco para que el Jasí se contentara mascándolo y nos devolviera a Bruno.
Lo encontré yo al día siguiente, estaba todo enredado en ramas y tenía hojas en el pelo que parecían pegadas con saliva. Vi huellas que venían del Norte, así que para ese lado se había ido el desgraciado. Todos saben que el Jasí es un rubio bonito pero tiene los pies al revés. Bruno estaba como atontado y
solo se acordaba del brillo de un bastón dorado. ¡Qué calor insoportable, las cosas que me hace decir!
Leyenda popular, versión de Tatiana Lara Israeloff y Violeta Hadassi.
El Jasy-Jateré
En el Noreste de la Argentina, en Paraguay y en el sur de Brasil, se cuenta la historia del Jasy-Jateré, el que se oye y no se ve. Es un hombrecito rubio que usa un sombrero de paja y tiene los pies al revés.Camina ayudado de un bastón de oro y con su silbido atrae a los chicos que no duermen la siesta. Juega con ellos hasta que se aburre, les lame la cara y los deja en el monte envueltos en enredaderas. Los chicos quedan atontados y no recuerdan cómo volver a sus casas.
La dama de blanco
El joven dobló por la calle Juncal, como todos los últimos sábados por la noche. Desde que
Lucía lo había dejado, se había vuelto su recorrido habitual. El aire que salía de su boca se convertía
en humo al encontrarse con el frío de agosto. Al llegar a la esquina de Junín, algo lo motivó
a cambiar de rumbo y unos metros más adelante, vio a una muchacha. Llevaba un vestido
de un blanco radiante. El joven no pudo frenar el impulso de invitarla a tomar algo y darle su
Eligieron ubicarse junto a la ventana, alejados de la gente. Él le quitó el sobretodo a la muchacha, dejando la blancura del vestido nuevamente al descubierto, y le acercó la silla en un gesto de caballerosidad. Se sentaron enfrentados manteniendo la distancia que exigía la mesa.
Él no sabía con qué tema empezar la conversación. Tenía miedo de quedar en ridículo o espantarla.
Se le ocurrió que la música era un buen tema. Así se enteró de que a ella le gustaba la música clásica y sabía tocar el piano. Cuando les trajeron el café supo su nombre: Luz María.
El joven notó que los hombres que estaban en el bar los miraban y murmuraban. No le pareció extraño siendo Luz María tan hermosa. Él se ofreció a acompañarla hasta la casa y en el puesto de flores de la calle Posadas, le compró un ramo de rosas. En el umbral de la puerta, entre miradas y sonrisas, la besó. Sintió un escalofrío y volvió a su casa pensando en ella.
Al día siguiente, decidió sorprenderla. Tocó el timbre de su casa y una señora mayor le abrió la puerta. Él le preguntó por Luz María y, entre llantos y gritos, recibió una respuesta inesperada. Su dama de blanco había muerto treinta años atrás. Corrió al cementerio sin poder creer en las palabras de aquella mujer. Los nombres escritos en las lápidas le lastimaban los ojos. Su desesperada búsqueda llegó a su fin frente al nombre de Luz María grabado en el mármol. Cerró los ojos porque ya no quedaba nada por ver. Cuando el vacío del mundo se había hecho más grande, el aroma de las rosas se hizo presente y el joven volvió a sentir el mismo escalofrío de la noche anterior. El sereno del Cementerio de La Recoleta declaró que era habitual, desde hacía treinta años, ver pasear a Luz María vestida de blanco los sábados por la noche.
Leyenda urbana, versión de Tatiana Lara Israeloff y Violeta Hadassi.
Gran parte de las historias de terror suceden en lugares que asociamos con el miedo, como un cementerio o un castillo antiguo. También suele hacer frío, lo que nos hace sentir más frágiles. Habitualmente transcurren de noche, cuando nuestros ojos no distinguen bien las formas y la luna nos envuelve con su luz mortecina.
Leyendas Urbanas
Más sobre el Miedo
Cuentos para leer con la luz prendida










Comentarios
Publicar un comentario